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Invitamos a conversar a Carolina Alcuaz en librería Muga sobre su último libro Otra sociedad para la locura que acaba de ser publicado por Xoroi Edicions en Barcelona, con prólogo de Gustavo Dessal y José María Álvarez.

19 de febrero, 2021

Margarita Sánchez-Mármol: Carolina, gracias por aceptar esta entrevista para librería Muga. Son muchos los aspectos interesantes que transitan por estas amenas páginas. Antes de entrar en materia, quería resaltar tu indudable compromiso clínico con la asistencia pública. ¿Puedes comentarnos cómo nace este deseo de orientar tu trabajo a la clínica de la psicosis? 

Carolina Alcuaz: Estudiaba la carrera de psicología en la Universidad Nacional de La Plata. Cursaba la materia Psicopatología, donde leíamos textos de psiquiatría clásica, de Freud y Lacan. El mito la describía como “una materia filtro”, difícil. Me entusiasmaba la propuesta de asistir a diferentes hospitales para realizar prácticas clínicas. Fue así como en una de esas instituciones presencié varias entrevistas con personas internadas, con diagnóstico de psicosis. No sólo relataban los hitos donde se desarma el andamiaje con el cual nos sostenemos, sino también los métodos encontrados para calmar el ruido de la existencia. La enseñanza estaba ahí, en cada palabra misteriosa, detrás de las cuales podía esconderse el delirio o el puro silencio, en cada acontecimiento imprevisto o infelizmente buscado, en cada comportamiento calculado o azaroso, en cada vínculo roto o construido; en definitiva se trataba de captar el hilo invisible con que se teje y desteje una historia. En la imposibilidad  de apelar a la comprensión para entender la experiencia de la locura, había que capturar esos delicados detalles con los que se construye una vida.

En esas novelas había determinadas palabras que se separaban del resto, otras enlazadas por homofonía transitaban un camino interminable, algunas silenciadas decididamente, varias pronunciadas más allá de toda voluntad, había muchas que eran delirantes, con un sentido distinto al habitual, y también existían palabras inventadas que jamás había escuchado. El entrevistador para capturarlas debía arrinconarlas hasta hacerlas confesar. Entonces en esa cátedra, la de las historias de vida, se iba a la pesca de los relatos que por diversas razones dormían en el asilo. Con el tiempo entendí que la escucha del profesional podía acompañar o ratificar la construcción de una solución frente al malestar. Porque hay que entender que no solo hay condiciones para enloquecer sino también para recuperarse. Ambas comprometen el lazo con los otros.  Ese hospital estaba alejado de la ciudad porque  la idea de peligrosidad, atribuida a la locura, estaba muy presente. Pero cuando se pasaba un tiempo en el manicomio se advertía que el único riesgo era la cronicidad maliciosa que tienta al asilo. La falta de proyecto terapéutico podía convertirse en el destino de alguien, conocí pacientes con muchos años de estadía.

El escrito de Lacan De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis me impactó. Las claves estaban ahí, en los conceptos teóricos arrojados con una lógica implacable y que servirían de pilares para orientarse en la clínica. Además advertía de la particularidad que tenía la transferencia en la psicosis y anteriormente, en su tesis de psiquiatría, mencionaba la necesidad de aggiornar la técnica psicoanalítica. En ese entonces indicaba que la acción terapéutica más adecuada debía estar a medio camino entre el aislamiento social excesivo y  las tentativas de adaptación demasiado complejas. En otras palabras, ni olvidados en un manicomio ni forzados a adaptarse a la norma social. En realidad, Lacan subvierte la idea del profesional como la norma de la locura, sino más bien es la locura quien nos permite comprender la esencia humana. Ella enseña sobre las palabras con las que fuimos hablados, esa especie de zumbido, de zafarrancho que desde la infancia nos ensordece. Sin embargo, el hombre normal no percibe ese cáncer que lo aqueja. A tal punto la locura no es déficit, que no le tembló la mano al escribir que es con la caída del delirio de Aimée que se produce la esterilidad de su pluma. Pues, genio y locura no se excluyen. ¿Quién podría asegurar que existe una frontera tan clara? Tal vez, como reflexiona mi libro, solo en el desquiciamiento total del alma pueda alcanzarse la genialidad verdadera.

Luego, el Seminario Las psicosis interpelaba al asegurar que el loco no prescinde del reconocimiento, cuestión que permite investigar temas como: las publicaciones y sus destinatarios, los delirios comunicados, el diálogo con los discursos de la época, etcétera. En resumen, las distintas maneras que adquiere el lazo social. Entonces empecé por ahí, por todos esos textos, por la carretera principal. Cuando tuve mi título  rendí el examen para obtener una beca como residente de psicología, y pude elegir ese hospital y comenzar a dar clases en esa cátedra. Con el tiempo mi análisis y el control de mi práctica aportaron mucho.

Luego trabajé en otros hospitales. En la actualidad sigo dedicándome a la asistencia pública. La práctica entre varios y el circuito de dispositivos terapéuticos constituyen los tratamientos posibles de la psicosis. Pero el libro comienza por ese hospital, por “El Melchor Romero”. Porque fue allí, a partir de mi encuentro con las psicosis, que decidí dedicarme al psicoanálisis y de esa manera aproximarme a la lengua secreta que nos habita.

M.S.M.: Dicen que el mundo no tiene edad, que la sociedad se desplaza. Esto me lleva a la pregunta por el título de tu libro. ¿A qué te refieres con “Otra sociedad para la locura”?

C.A.: El título fue lo primero que surgió, casi sin pensar. Así que el libro debía rendirle homenaje a esas palabras que se apresuraron por ganar lugar. No hay una sola explicación de la frase, hay tantas como relatos clínicos tiene el libro.

El texto vuelve problemática la relación entre ambos términos del título y los estudia a lo largo de la enseñanza de Lacan. Comienza imaginando que un día despertamos y no sabemos ni dónde estamos, ni para qué sirven las cosas. Entonces nos preguntamos ¿qué es la sociedad? ¿de dónde obtenemos el sentimiento de familiaridad que nos permite tolerar su evidencia? Luego, todo se embrolla un poco más porque con la locura —psicosis—la creencia de que la sociedad existe puede ser cuestionada. Enseguida la sociedad como un todo estalla en muchos lazos, es decir, en las distintas maneras de estar en ese orden que creemos ya dado, similar a las reglas de un juego. Mientras algunos cuentan con el Nombre del Padre para sostenerse como se pueda en la existencia, en cambio, otros —los psicóticos— no tienen dicho auxilio. De todos modos, los pacientes estudian, se casan, tienen hijos, trabajan, etcétera. Entonces, las psicosis dan cuenta de la existencia de lazos sociales no establecidos, es decir, sin el Nombre del Padre. El libro propone investigarlos. Dijimos que no hay sociedad, que hay lazos. Finalizamos afirmando que en el corazón de todos los lazos hay uno que no existe. De este modo, el problema del lazo social es inherente al ser hablante.

El interés del escrito es clínico, las reflexiones pretenden ser un aporte para los tratamientos en las psicosis. Sabemos de la incorporación de la locura a distintos dispositivos terapéuticos: hospitales de día, casas de medio camino, talleres socio-productivos, etcétera. Muchos de ellos propician abiertamente el lazo social del psicótico. Términos como rehabilitación, inclusión social, socialización, reinserción social, adaptación, entre otros, responden a preocupaciones genuinas de la práctica con pacientes. Entonces, ¿Qué idea de lazo social tiene cada profesional que conduce un tratamiento?, ¿Cómo se piensa la relación entre psicosis y lazo en cada dispositivo terapéutico?

El psicoanálisis también es un lazo social, que podemos entender en términos de transferencia. El libro da vueltas alrededor del vínculo entre un analista y un paciente psicótico. En definitiva, como bien descifra Dessal en su prólogo, el psicoanálisis también puede ser esa Otra sociedad para la locura.

M.S.M.: En el capítulo sobre los filósofos de la conspiración citas la célebre frase de Arthur Rimbaud: “Je est un autre” de las “Cartas del vidente” (1871), con la que el poeta inaugura una nueva razón poética basada en el desarreglo de los sentidos.  Me parece que podemos traer el fragmento: “Porque Yo soy otro. Si el cobre se despierta convertido en corneta, la culpa no es en modo alguno suya”, como excusa para hablar de la constitución del sujeto. ¿Crees que es posible hacer más soportable o menos extranjero ese yo que nos habita?

C.A.: La referencia a Rimbaud sirve para explicar que todo lazo es paranoico, el otro siempre puede convertirse en enemigo. La paranoia ilustra bien cómo el infierno son los otros. Entonces, ¿Cómo se convive con la maldad del mundo?, ¿Cómo se vuelve más digerible el lazo con los demás? Las personas buscan eso o por lo menos eso dicen. La transferencia en la psicosis puede pensarse como el lugar privilegiado para tratar aquello que vuelve insoportable las relaciones sociales. Y de ese modo un vínculo menos martirizador con los otros será posible.

M.S.M.: ¿Cuál es la posición del psicoanalista en esta crisis social?¿Cómo incluir a la familia y a la sociedad en el cuidado y atención de los pacientes con este padecimiento?

C.A.: El mundo está en crisis desde que tengo memoria o desde que leí Mafalda de niña. Si te referís a la pandemia, lo que puedo decir es que obligó a buscar otras maneras de continuar los tratamientos. Si bien lo virtual no es lo mismo que lo presencial, en definitiva, permitió seguir adelante. Enseguida se debatió sobre qué llamamos presencia del analista y cuáles son sus modalidades. Una manera de pensar la presencia del analista es a través del deseo, que es lo que permitió seguir con los tratamientos, tanto a nivel privado como público. Se trata entonces de la posición de cada psicoanalista con cada paciente.

La pandemia no tuvo el mismo efecto para todos. Uno de mis pacientes está feliz porque no asistió a la escuela durante un año. Otro decidió separarse de su mujer luego de esa convivencia obligada. Y otro cambió de trabajo después de un tiempo de no poder hacerlo.  El aislamiento no tuvo la misma consecuencia en todos, cada uno está siempre en relación con su propia locura. Sin embargo, habrá que esperar a que todo finalice para comprender qué ha pasado y calibrar mejor los efectos. La forma en que un profesional incluye a la familia o a los referentes  del paciente, dependerá de su concepción de la psicosis y del lazo social. Desde cómo informar un diagnóstico hasta cómo indicar volver a la actividad laboral, estará sostenido por dicha teoría. Uno de los relatos del libro da cuenta del cuidado que una persona brinda a una paciente. Esa persona es alguien que entendió que la locura no es déficit.

En las instituciones los dispositivos terapéuticos responden a determinadas teorías sobre el padecimiento psíquico y a determinadas políticas sobre la salud pública. Hay concepciones más deshumanizantes, donde los diagnósticos auguran futuros dramáticos invadidos de imposibilidades. En cambio, hay instituciones con otras lógicas, donde el psicoanálisis puede insertarse más cómodamente. Todo el debate actual en Argentina sobre desmanicomialización y el intento de sustituir el modelo asilar por otra forma de tratamiento, puede propiciar la creación de nuevos dispositivos terapéuticos que favorezcan la inclusión social de la locura.

M.S.M.: En tu opinión, ¿Cuáles son los momentos claves de la obra de Jacques Lacan que brindan las herramientas teóricas y clínicas para reflexionar acerca de los vínculos en las psicosis? 

C.A.: El libro muestra cómo la afirmación lacaniana de la psicosis fuera de discurso (El Atolondradicho, 1972) y por ende del lazo social queda relativizada por otros desarrollos que postulan lo contrario: el psicótico amo en la ciudad del discurso, la categoría de psicosis social, el vínculo entre Wittgenstein y el discurso universitario, la relación entre paranoia y discurso, los delirios a dúo, los anudamientos paranoicos, etcétera. Había que leer a Lacan en un movimiento de ida y vuelta, sin la idea de progreso, para encontrar las claves que dialectizaban dicha sentencia.

Es con la clínica de la psicosis que la definición del lazo social logra ampliarse y enriquecerse al cuestionar la estrecha relación entre lazo y discurso, del Seminario El reverso del psicoanálisis, y hacer de este último solo una de las formas posibles que adquiere el vínculo con los otros. Los casos de delirios a dúo, los delirios que generan adeptos, el poder de sugestión social de algunos paranoicos, el rendimiento social de la psicosis, las temáticas delirantes articuladas a los dramas sociales de la época, los crímenes que fusionan la enfermedad con el mal social,  por citar algunos ejemplos, aparecen en los comienzos  de la obra de Lacan (De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad,1932) indicando la relación entre las psicosis y los lazos sociales. Luego, expresiones tales como discurso delirantediscurso paranoico y la necesidad de reconocimiento de la locura (Lacan, El Seminario. Libro 3: Las psicosis, (1955-1956) vuelven a vincular las psicosis y los lazos. Más tarde, la articulación entre el concepto del decir con la teoría de los discursos (Allocution prononcée pour la clôture du congrès de l `École freudienne de Paris, 1970) abrirá la puerta a la existencia de tantos discursos y lazos como decires haya. Hasta que finalmente, con el estudio del escritor James Joyce y la afirmación de la existencia de su decir magistral (Lacan, “Joyce el síntoma II”, Uno por Uno, Rev. Nº 45, 1975) se renueva el tema bajo otra mirada. Además, la última enseñanza de Lacan habilita una vía de investigación para reconsiderar los delirios colectivos a la luz de los anudamientos entre sujetos paranoicos: “[…] a tres paranoicos podría anudarse, en calidad de síntoma, un cuarto término que se situaría como personalidad” (El Seminario. Libro 23: El sinthome, 1975-1976: 53). En suma, la última enseñanza de Lacan, en el contexto de la pluralización del Nombre del Padre y la teoría de los nudos, introduce distintos conceptos teóricos como los del decirnudossinthome y nominación, que permitirán circunscribir una definición del lazo social más allá de la teoría de los cuatro discursos del Seminario El reverso del psicoanálisis.

M.S.M.: Me parece importante subrayar tu empeño en dignificar a las personas con trastornos mentales graves. Como dice, Gustavo Dessal, en el prólogo: “La autora consigue sacar a los locos del manicomio y devolverlos a la vida corriente”. Gracias por hacer esto posible.

C.A.: La dignidad corresponde al síntoma. Freud y Lacan introdujeron esa dignidad al tener una posición antisegregativa de la locura. Para Freud había método en la locura, para Lacan había genialidad. Devolverlos a la vida corriente significa poder detectar cuál es el discurso que puede recibirlos sin ninguna pasión  adaptativa ni imperativo de normalidad. Pues en definitiva, ¿Qué sería la normalidad?


Biografía: Licenciada en Psicología por la Universidad Nacional de La Plata (Provincia de Buenos Aires, Argentina)y psicoanalista. Magister en Psicoanálisis de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Especialista en Psicología clínica con orientación en niños y adolescentes y especialista en Psicología clínica con orientación en adultos por el Colegio de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires. Es Docente Adscrita de la Facultad de Medicina (UBA) donde desarrolla su actividad de enseñanza en el Departamento de Salud Mental. Es supervisora clínica de Residencias de Psicología y Psiquiatría en hospitales tanto de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires como de la provincia. Fue residente y jefa de residentes de psicología del Hospital Interzonal Especializado de Agudos y Crónicos «Dr. Alejandro Korn» de Melchor Romero – LaPlata. También ha trabajado en distintas instituciones públicas y privadas en el ámbito de la salud mental. Es autora de numerosas publicaciones sobre psicopatología y psicoanálisis en revistas y libros especializados en el tema. Actualmente es Jefa del Servicio de niñas, niños y adolescentes del Hospital Nacional en Red «Lic. Laura Bonaparte» de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

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