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Tenemos la suerte de hablar en primera mano con José Ramón Ubieto en librería Muga. Su libro “El Mundo Pos-Covid” editado en NED (2021) está revolucionando la manera de entender los nuevos cambios que ofrece la “nueva normalidad” entre la presencia y lo virtual. Entrevista realizada por Margarita Sánchez-Mármol.

Margarita Sánchez-Mármol: José Ramón, en su libro El mundo pos-Covid. Entre la presencia y lo virtual habla sobre los grandes cambios que ha supuesto la experiencia del confinamiento. ¿De qué manera nos ha afectado la pandemia?

José Ramón Ubieto: La pandemia es un acontecimiento traumático que va más allá de una crisis sanitaria e incluso de lo que Horton denomino una sindemia (social). Impacta en el cuerpo de cada ser hablante y lo hace de manera distinta. No hay una vivencia colectiva de la pandemia, aunque por primera vez en la humanidad hayamos tenido la sensación de un sujeto colectivo universal. La pandemia aviva en cada uno su fragilidad y sus defensas frente a ella: su manera de arreglárselas con lo real, sus invenciones sintomáticas y el apoyo que toma en los otros para ello. Hemos visto cómo, para algunos, la referencia del otro era básica (no solo adolescentes y jóvenes, también adultos), al punto que perderla por el confinamiento y la distancia social los ha dejado desorientados y presos de angustia, o con la necesidad imperativa de transgredir las normas y refugiarse en los consumos. Otros, en cambio, han dispuesto de recursos propios para soportar el aislamiento. Ha habido, también, aquellos para los cuales el mundo ya era hostil antes de la pandemia y confinarse los ha aliviado y ha supuesto una pacificación respecto a sus temores ordinarios.

M.S.M.: La pandemia está afectando a la salud mental de toda la población y de forma particular a los niños y a los adolescentes. ¿Cuál ha sido el impacto psicológico de la COVID-19 en ellos?

J.R.U.: El mayor impacto psicológico de la pandemia no ha sido entre niños y adolescentes, si bien ellos lo manifiestan -o lo percibimos- más claramente. Los colectivos más afectados han sido los sanitarios de primera línea, cuyo encuentro con la muerte ha sido directo, presencial y sin velos ni mascarilla suficientes. Han visto morir a mucha gente y también los han acompañado en la soledad de sus ultimas horas. En algunos casos, incluso, se han enfrentado a dilemas sobre la continuidad de los cuidados para los que no estaban preparados por su magnitud y urgencia. El otro colectivo han sido las personas mayores, muchas de ellas en régimen vital de soledad no deseada, que no han podido tener el soporte presencial de familiares o cuidadores y muchos, además, han visto morir a sus parejas o amigos sin poder acompañarles o celebrar los ritos funerarios que les permitieran un duelo posterior.

Para los niños, el confinamiento ha supuesto malestares psicológicos diversos (miedos, falta de concentración, cambios de humor, nerviosismo) agravados en los momentos de mayor restricción. La peor parte, sin duda, para aquellos que ya vivían situaciones de precariedad social o familiar (falta de recursos económicos, alojamientos precarios e incluso violencia familiar, en especial machista o hacia ellos).

Para los adolescentes, la formula contactless no funciona, ellos necesitan una ‘vida autentica’ y eso pasa por el grupo, el contacto directo y todos los ritos de iniciación (consumos, sexualidad, riesgo), de allí que los incumplimientos sean mayores.

M.S.M.: La falta de contacto con los otros, la alteración de las rutinas y la incertidumbre del futuro han generado una nueva pesadumbre. ¿De qué se trata esta tristeza?

J.R. U.: Lo traumático es un desgarro y restaurarlo exige tiempo. No hay la posibilidad de una vuelta al momento anterior, la ilusión de la nostalgia o a espera pasiva de una salvación externa (vacunas, tecnología,…) se revela estéril y agudiza el bucle melancólico. Por otra parte, la rutina es -decía Aristóteles y lo recordaba Lacan a propósito del hábito- nuestra segunda naturaleza. Ese automaton nos orienta, nos tranquiliza y nos regula. Para evitar un efecto de mortificación excesivo, que aplaste el deseo, necesitamos combinar la rutina con la sorpresa, que algo de la tyche surja en nuestras vidas como un buen encuentro. Las salidas, los viajes, los encuentros grupales, son modalidades de la discontinuidad en la rutina que aligeran su efecto de repetición y mantienen vivo el deseo.

Cuando esto no es posible -o se limita mucho- y la prolongación de las restricciones se alarga, surge el afecto de pesadumbre y tristeza, esa especia de Blue Covid que nos afecta a todos, en mayor o menor medida: inapetencia, enlentecimiento cognitivo, decaimiento físico, insomnio, una cierta anhedonia.

M.S.M.: José Ramón en su libro habla de un mundo cada vez más virtualizado y añade que cambiará la manera de relacionarnos. ¿Usted cree que se puede amar sin presencia?

J.R.U.: La idea del amor que podemos pensar desde el psicoanálisis de orientación lacaniana supone una presencia que no se reduce al cuerpo físico del partenaire. Una pareja pueden estar juntos en un régimen narcisista del amor donde cada uno se ama a sí mismo y goza con sus objetos propios. O en un régimen donde el estatuto del otro se degrada a un uso objetalizado sin signos de amor. El amor que cuenta es otro, aquel que ama en el otro lo que le es más singular y propio y eso incluye hacer presente el real del otro, aquello que nos produce habitualmente asco, horror u odio. Jacques-Alain Miller  habla del milagro del acontecimiento-amor cuando en lugar de eso, nos suscita amor. Esa es la presencia que cuenta en el amor. Lo virtual es un instrumento más, que no hay que ignorar -muchas parejas hoy, de todas las edades, se forman a través de las redes sociales y de las apps de encuentros- pero siempre que evoquen la presencia (la que hubo y habrá) , no cuando se ofrezcan como sustitutos del cuerpo a cuerpo.

M.S.M.: En su opinión como psicólogo y psicoanalista, ¿Qué nos ha enseñado la pandemia?

J.R.U.: Nos ha enseñado muchas cosas, falta que estemos dispuestos a no dejarnos atrapar en la pasión de la ignorancia y aprendamos algo de ello. Nos ha enseñado que todavía habitamos un cuerpo, a pesar de los delirios transhumanistas que pretenden desprenderse de él como de una cáscara y localizarlo en un chip. Nos ha enseñado que este no es un mundo para ‘viejos’ porque nos confrontan a la muerte, de la que nada queremos saber. Que lo esencial en nuestras vidas son flujos invisibles vinculados a los cuidados y los cuidadores, tomados por mercancías desechables por este capitalismo pulsional. Nos ha enseñado que el Nosotros se encuentra cada vez más fragmentado en burbujas de odio que la vida algorítmica alimenta, polarizando lo social. También nos ha enseñado que es posible un común colaborativo si sabemos construir con nuestra causa particular una meta conjunta, que no renuncie al hacer pero tampoco a nuestra singularidad de seres hablantes.

Gracias por ayudarnos a comprender mejor de qué manera la pandemia se ha colado en nuestras vidas y cómo salir del túnel juntos.

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