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Escrituras del indecible. De lo real y la letra en la experiencia analítica

Editorial:

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Hablar y escribir son actividades y funciones distintas. Esta obviedad esconde sin embargo en su aparente simplicidad un hecho de estructura difícil de explicar. ¿Por qué, por ejemplo, un psicoanálisis no puede realizarse por escrito? ¿Por qué es indispensable la presencia real del analista, del otro al que se dirige la palabra —ese Otro en el que Jacques Lacan sostuvo su primera formulación del inconsciente freudiano— para que esa palabra obtenga sus efectos sobre el sujeto, incluso si ese otro se mantiene en silencio? La diferencia estructural entre hablar y escribir no puede resolverse finalmente por ninguna consideración de orden lingüístico que reduzca el acto de la palabra y de la escritura a las llamada habilidades o competencias en un proceso de aprendizaje. Tampoco puede resolverse por una supuesta localización cerebral de sus respectivos funcionamientos. La diferencia entre hablar y escribir pone en acto dos registros del Otro del lenguaje que aparecen en primer lugar como radicalmente heterogéneos.

La escritura, escribía Freud, es originalmente “el lenguaje del ausente”[1], entiéndase el ausente como aquel que escribió y ya no está ahí o como aquel que no estaba todavía para leerlo cuando eso se escribía. La palabra dicha, por el contrario, implica necesariamente la presencia real de quien habla y de quien escucha. Y cuando se trata de un registro grabado de la palabra dicha por aquel que ya no está ahí para recibir una respuesta o también cuando se trata de las distintas figuras del otro ausente al que puede dirigirse esa palabra dicha —el dios de la oración no es la única figura posible que puede venir al lugar de ese otro ausente—, también entonces se hace más patente todavía que el acto de la palabra sólo se constituye como palabra verdadera en presencia del interlocutor y en el acto de su enunciación. El Otro que escucha constituye, pues, al sujeto mismo de la palabra. Fue el punto de partida de la enseñanza de Lacan: es a partir del lugar del Otro de la palabra como el sujeto se constituye, “por lo cual es del Otro de quien el sujeto recibe incluso el mensaje que emite”[2].

Se comprende entonces mejor la importancia de la distinción entre el Otro de la palabra y el Otro de la escritura para seguir la lógica del axioma lacaniano que reformuló el descubrimiento freudiano con el “inconsciente estructurado como un lenguaje”. Pero, y ahí está el quid de la cuestión, fue para reintroducir acto seguido de ese viraje la instancia de la letra como inherente a la estructura propia del inconsciente. Si la palabra dicha se distingue de la palabra escrita, hay sin embargo algo que se escribe, en algún lugar, cada vez que la palabra es efectivamente dicha. Y ese lugar de la letra tendrá en la enseñanza de Lacan una importancia cada vez mayor, hasta el punto de constituirse como el lugar en el que puede leerse el síntoma como una escritura en el cuerpo.

Vaya este prolegómeno dentro del prólogo como un modo de avisar al lector del nudo tan singular que el título del libro de Paloma Blanco nos anuncia y que encontrará tan sabiamente desplegado en las páginas que siguen. Las diversas “escrituras de lo indecible” tratadas en ellas nos muestran la enorme importancia de la torsión entre la palabra y la escritura, entre el significante y la letra. Es una torsión que no podríamos seguir sin seguir a la vez las propias torsiones de la enseñanza de Lacan durante los treinta años de su desarrollo, en momentos sucesivos que hemos podido distinguir gracias a la lectura que Jacques-Alain Miller hace de ella. En efecto, tal como escribe Paloma Blanco, “algo se dice calladamente en la escritura, un silencio que queda entre los dichos y del que la letra, no su tipografía, es marca, huella de un real que está por fuera de la significación, del sentido y casi del querer decir. Hay un irrepresentable del objeto que escapa a lo que puede nombrarse, un irrepresentable que no cesa de no escribirse”. A la vez, una vez hecha esta torsión, algo se escribe en silencio en el discurso de la palabra dicha, en sus intervalos, en sus escansiones e inflexiones, algo que no puede ser aprehendido por la lógica del significante y que nos conduce a la lógica del objeto a que en la enseñanza de Lacan marca una nueva forma de anudamiento de los tres registros, lo imaginario, lo simbólico y lo real. Por esta vía, lo real del goce y sus diversas formaciones sintomáticas pueden ser abordados y tratados de una forma que nos introduce a los nuevos desarrollos del psicoanálisis de orientación lacaniana.

Es a esta sutil articulación entre el decir de la enunciación y la escritura de la letra, entendida en el sentido de la última enseñanza de Lacan, que Paloma Blanco ha dedicado su investigación para la obtención de su Diploma de Estudios Avanzados (DEA) que el Instituto del Campo Freudiano dispensa y que he tenido el gusto de seguir como interlocutor hasta su plasmación en este libro. Y debo agradecerle de veras haberme permitido aprender así lo que puede desprenderse de este interesante recorrido en sus múltiples vertientes: desde la propia clínica psicoanalítica hasta la política, pasando por la literatura y el cine. El lector atento sabrá encontrar los hilos que la letra teje en cada uno de estos discursos para distinguir lo indecible que puede escribirse de lo inefable ante el que no debemos retroceder.

 

Miquel Bassols

Septiembre de 2016

[1] Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”, Obras Completas, Biblioteca Buena, Madrid 1974, p. 3034.

[2] Jacques Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Escritos, Ed. Siglo XXI, México 1984, p. 786.

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